Cómo ser más prácticos
Claves para vivir con los pies sobre la tierra
“Un gramo de práctica vale más que una tonelada de teoría”, reza un viejo proverbio de Oriente, cuyas tradiciones budistas además recomiendan “amar la acción por la acción en si”.
La práctica, es decir la acción, suele ser uno de los mejores “maestros”, porque nos pone en contacto con la realidad y sus escollos y nos impulsa a resolverlos. El aprendizaje basado en el acierto y el error se queda grabado a fuego en la conciencia.
Para evitar traspiés
La teoría es necesaria, en su correcta dosis y momento, pero si no es llevada después a la práctica y puesta a prueba se vuelve estéril y se transforma en un ejercicio meramente especulativo. Si la teorización resulta excesiva, corre el riesgo de convertirse en la antesala de la pasividad y de la frustración.
“Nadie propone la acción ciega, ya que la reflexión es necesaria, pero como un medio y no como un fin en si misma”, sostiene la psicóloga Laura García Agustín, directora del Centro ClaveSalud.
“La teoría también es necesaria en su justa medida, pero ha de ser trasladada al mundo real para que sea realmente provechosa. No se aprende a tocar el piano sólo leyendo libros y partituras: hacen falta horas y horas de tocar los teclados con dedicación y atención para dominar este instrumento”, señala la experta.
Equivocarse, sufrir traspiés y descubrir nuestras lagunas e incapacidades, no ha de ser motivo de frustración o de percepción de fracaso, sino todo lo contrario: supone un valioso aprendizaje que nos permite corregir el rumbo, descubrir y explotar nuestras habilidades y recursos, y hacernos más fuertes psicológicamente.
“La práctica nos ayuda a ser más realistas y el realismo, es decir vivir más “aterrizados”, nos ayuda a conseguir nuestros objetivos, y a detectar, evitar y corregir nuestras percepciones distorsionadas de la realidad, que nos alejan de ellos”, señala.
“Desarrollar una actitud realista, algo de lo que nunca se peca en exceso porque es positivo, es una de las grandes claves de la salud psíquica", dice Agustín. La actitud con que se afronta una situación o se resuelve un problema no es una cuestión secundaria: de ella dependen el resultado de lo que hacemos y nos proponemos y el éxito ante los retos de la vida. Mientras más lejos estamos de la realidad, más nos acercamos al fracaso, la frustración y el malestar.
Ser realista es la actitud más adecuada para resolver los inconvenientes y afrontar las circunstancias de la vida de la mejor manera posible; en cambio la percepción desajustada de la realidad dificulta relacionarse bien y conseguir los objetivos que se persiguen, y produce malestar y sentimientos desagradables.
Ser realista tiene múltiples ventajas y efectos positivos. Por ejemplo, reduce el impacto emocional que producen los sucesos de la vida, ya que se sabe cómo encararlos sin desesperanza ni exageraciones, otorgando a cada acontecimiento o situación el peso y la importancia que “en realidad” tienen.
Además, nos permite manejar con mayor éxito lo que nos ocurre, incluyendo las relaciones con otras personas, porque nos ahorramos los conflictos y dolores de cabeza que generan las emociones distorsionadas. Siendo realistas y prácticos podemos controlar mejor lo que sucede en nuestro entorno, ya que somos nosotros mismos quienes decidimos cómo sentirnos en función de nuestros pensamientos que, a su vez, influyen en nuestra actitud.
Así, se solucionan más pronto y eficazmente los problemas y se toman antes la decisiones que son más acertadas y obtienen mejores resultados.
Consigue tus objetivos
Ser prácticos y realistas es una de las mejores garantías para conseguir nuestros objetivos, porque eliminamos o reducimos la posibilidad de disputas y de falsas expectativas relacionadas con otras personas y con las cosas que nos rodean. Dos situaciones prácticas que resultan fundamentales de abordar con realismo son el planteo de objetivos y el aprovechamiento del tiempo.
“Al hacer propósitos o plantearse objetivos es importante hacer una evaluación acerca de dónde estamos (cuál es nuestro punto de partida), qué tenemos (recursos personales, técnicos, económicos, capacitación), dónde queremos llegar (un objetivo bien definido, en términos específicos y alcanzable) y qué necesitamos (medios con los que contamos)”, señala Agustín.
Si con lo que “tenemos” es posible conseguir lo que nos proponemos, hay que pasar a al acción. De lo contrario, prepárate más antes de actuar. Al distribuir nuestro tiempo, hay que analizar la importancia y dedicación que adjudicamos al trabajo, el dinero, el ocio y otras áreas de la vida, debemos evaluar costes y beneficios, y distinguir lo importante (para nosotros) de lo que no lo es.
Hay que tener presente que sólo disponemos del tiempo de hoy, por lo que hay que establecer prioridades y grados de importancia para disfrutar de este “único tiempo disponible”, evitando las postergaciones y los anclajes en el pasado, que sólo sirven para hacernos padecer.



