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La visión del bebé


Nuestra interacción con el mundo, y en particular nuestras relaciones sociales, se basan primordialmente en el sentido de la vista. A los padres nos llama la atención la lentitud con que este sentido se desarrolla en nuestro bebé, y cómo condiciona nuestros primeros contactos con él (por eso durante las primeras semanas de vida serán más que nunca con-tactos).


¿Cuándo crees que te vio tu bebé por primera vez? Cuéntanoslo en los foros

No olvidemos que se trata de uno de los sentidos más complejos y que requiere una maduración muy profunda del sistema nervioso. Vamos a comprender mejor cómo se desarrolla el sentido de la visión del niño pequeño.


¿Cómo crecen los ojos?: desarrollo fisiológico
El tamaño de los ojos: en el nacimiento el ojo del neonato tiene aproximadamente un 65% del tamaño del ojo adulto. Durante el primer año de vida crece rápidamente para terminar de madurar entre los 3 y los 12 años.

El color de los ojos: una de las características que más sorprende a los padres de un bebé es el cambio que se produce en el color de los ojos. Al nacer es frecuente que el iris esté pigmentado en un gris o azul claro, para oscurecerse progresivamente durante los 6 primeros meses de vida.

Las pupilas del recién nacido tienden a ser pequeñas y suelen presentar problemas para adaptarse a los cambios de luz. Esto explica por qué a los bebés pequeños les molesta tanto la luz intensa.

Las lágrimas: otro de los hechos que desconciertan a los padres de un bebé es que habitualmente las lágrimas no suelen aparecer asociadas al lloro hasta los 1-3 meses (con más frecuencia en bebés prematuros).

Lo que va viendo mes a mes
No nos debe alarmar que nuestro niño recién nacido mantenga los ojos cerrados durante la mayor parte del día. Esto no quiere decir que no pueda ver: la visión del recién nacido logra percibir cambios en la iluminación (en la intensidad de la luz) y fijar puntos de contraste. Este sentido está asociado a los reflejos de orientación: el niño orientará su cabeza ante la aparición de un foco de luz si no es tan intenso como para molestarle.

Uno de los primeros estímulos visuales que el neonato será capaz de interpretar es el rostro de la madre. Y no sólo eso, sino que comenzará a asociar ese rostro a una serie de sensaciones placenteras: la voz, el tacto, las caricias, el calor, la saciedad del hambre, etc...

A las dos semanas de edad muestra interés por los objetos alargados y contrastados con el fondo. El “objeto” que mejor reúne estas características es el rostro humano; y dentro del rostro humano tiende a fijarse más en la zona que rodea a los ojos.

Hacia el final del primer mes de vida, el bebé comenzará a mostrar un cierto interés por el entorno; pero su atención se circunscribe a un radio muy limitado y durante muy cortos periodos de tiempo.

A las 8-10 semanas puede seguir un objeto que se mueve despacio a una distancia de 30-60 centímetros en un arco de 180 grados. Su atención podrá pasar del centro difuso de los objetos al contorno de los mismos, es decir, comienza a hacerse selectiva. Además este progreso se acompaña de un mayor control de la cabeza.

A partir de las 10 semanas se produce un avance notable en la capacidad visual del bebé que fácilmente pueden comprobar sus padres: ¡parece que ha descubierto sus manos! Efectivamente, es capaz de percibir bastante bien los detalles más pequeños, y puede enfocar casi a cualquier distancia. Si a esta nueva capacidad le añadimos el hecho de que ya puede abrir y cerrar las manos, dirigirlas hacia un objeto y golpearlo, entenderemos por qué nuestro niño es capaz de estar más de 5 minutos observando sus manos embelesado, ¡porque le resultan un objeto sorprendente y atractivo! Con el perfeccionamiento de la coordinación ojo-mano el niño descubre la utilidad de sus manos para manejar el ambiente.

Progresivamente el niño irá aprendiendo que los objetos continúan existiendo aunque no les estemos viendo o sintiendo, que aunque varíe en parte su forma, tamaño, posición, etc...
¿Cuándo ve y cómo ve los objetos?
Existen controversias en cuanto a la capacidad de los bebés pequeños de percibir el volumen y el tamaño de los objetos, así como las distancias y la profundidad. Ciertas experiencias han demostrado que el bebé de apenas dos meses es capaz de percibir las diferencias de distancia e incluso las diferencias de tamaño. Esta capacidad perceptiva explica las reacciones de sobresalto del niño ante un cambio de postura brusco, porque junto al sentido del equilibrio y los reflejos de evitación se producen sensaciones visuales.

Es divertido para cualquier padre comprobar cómo hasta los cinco meses aproximadamente, el bebé deja de mostrar interés por el objeto que ha desaparecido de su vista: para el bebé las cosas que están fuera de su visión, están también fuera de su mente. Pero hemos de tener en cuenta que la percepción del bebé está cargada de emociones y sentimientos, es decir, no es lo mismo que desaparezca de su visión un muñeco de plástico, que su madre o su padre. Seguramente la conciencia de la permanencia del objeto se desarrolla mucho antes cuando el “objeto” que desaparece es “mamá” o “papá”.

Progresivamente el niño irá aprendiendo que los objetos continúan existiendo aunque no les estemos viendo o sintiendo, que aunque varíe en parte su forma, tamaño, posición, etc... el objeto sigue siendo el mismo, y que la identidad del objeto no cambia con el tiempo (que su cunita es la misma todos los días).

Estos aprendizajes se desarrollan paulatinamente y podemos estimularlos jugando con el niño a presentarle objetos de diferentes formas, tamaños y texturas. Los “juguetes” más apropiados durante este periodo serán: los clásicos móviles con objetos para ver y tocar (aquellos que se colocan sobre la cuna o sobre el bebé tumbado en el suelo) y un espejo donde el niño pueda contemplar su propio reflejo.

Cómo controla vuestro pediatra la visión del niño
En los controles habituales de la salud del niño, el pediatra valora también sus ojos y su función visual. Cuando el bebé es pequeño las exploraciones se limitan a cosas tan sencillas como comprobar la transparencia de los medios oculares (constatando que al iluminar la pupila se ve el reflejo rojo de la retina), y a evaluar la visión con pruebas indirectas (reflejos), pues lógicamente el niño no puede colaborar en la exploración.

A partir de los tres años se pueden emplear estudios directos de la visión del niño, adecuados a cada edad según su grado de colaboración. Inicialmente se evalúa la capacidad del niño para identificar una serie de dibujos, y cuando comienza el aprendizaje de la lectoescritura la prueba se puede hacer con letras igual que en el adulto.

Además, el pediatra puede realizar un diagnóstico temprano de problemas como el estrabismo (desviación del eje de la visión), la ambliopía (“ojo vago”), los defectos de refracción (miopía, hipermetropía y astigmatismo), las alteraciones en la visión de los colores (daltonismo)... Por ello, ante cualquier duda o problema en el desarrollo de la visión de vuestro niño, os recomendamos que consultéis a vuestro pediatra.



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Terra Mujer / Luis Ramos, Psicopedagogo y Ana Alarcón, Pediatra

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