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A partir de los 30…

El inevitable paso del tiempo, unido a las agresiones medioambientales y al ritmo de vida, van deteriorando poco a poco la piel. La epidermis se encuentra expuesta a múltiples factores externos que la agreden y debilitan, como el clima (el frío, el viento o el exceso de sol), y también pueden llegar a afectarle nuestros hábitos, el cansancio o estrés de la vida cotidiana.
Además, la capacidad de regeneración natural es cada vez más lenta a medida que transcurren los años.
A partir de los 30 años comienzan a aparecer los primeros signos del envejecimiento y la piel se vuelve más sensible a las agresiones externas.
Esta pérdida de capacidad de regeneración va incidiendo en el aspecto externo de la epidermis y en su funcionamiento óptimo. El sol, el clima, el cansancio o el estrés, castigan de forma más agresiva a un cutis desprotegido que empieza a sufrir los síntomas del envejecimiento.
¿En qué consiste la regeneración?
El proceso de regeneración celular es una función esencial de la piel. Es su forma natural de renovarse para poder mantener todas sus funciones y propiedades intactas. La capa externa de células muertas necesita cambiarse paulatinamente para dejar surgir nuevas células que protejan adecuadamente nuestra piel y renueven su aspecto.
La capa externa de la piel, la epidermis, consta de distintas capas de células en progresivo estado de maduración. La regeneración celular se inicia desde el interior. En las capas más profundas de la epidermis se van generando nuevas células que van a alimentar el flujo de renovación hacia el exterior. Estas células maduran progresivamente a medida que se aproximan a la superficie hasta convertirse en corneocitos. Cuando los corneocitos llegan a la superficie de la piel se van eliminando de forma natural, ayudados por la acción mecánica consecuencia de nuestra vida diaria.
Este flujo de renovación celular es crítico para un buen funcionamiento de la piel. En individuos jóvenes el tiempo necesario para renovar la capa más externa de la epidermis tarda en torno a 18 días, mientras que en adultos en el otro extremo puede llegar a necesitar casi el doble de tiempo.
Desde la infancia hasta la vejez, la piel pasa por diferentes “edades” que, aunque se encuentran genéticamente programadas, pueden ser alteradas por el estilo de vida que se lleve, el entorno y los cuidados que se le prodiguen. Atendiendo a esta realidad, los tratamientos antienvejecimiento de última generación intentan buscar soluciones que ayuden a potenciar la regeneración natural de la piel, para poder paliar los efectos del paso del tiempo y de las agresiones externas.
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