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¿Azul o rosa? ¿niño o niña?: educación no sexista


La ropa, los juguetes, la decoración del cuarto... aún no ha nacido el bebé, pero si los papás conocen el sexo de su hijo (emplearemos el masculino como genérico), comienzan a elaborar diferentes expectativas según se trate de un niño o de una niña.


No ha nacido y ya lo están “educando”.

¿Estás educando bien a tu hijo?

¿Sabías que cuando los adultos interaccionan con un bebé le proporcionan más sonrisas y caricias si creen que es una niña (aunque sea un niño)? ¿Y que si piensan que es un niño (aunque sea una niña) le someten a movimientos más enérgicos y le ofrecen juguetes “adecuados para su sexo” (coches, camiones...)?
¿Somos conscientes de cómo influyen nuestras concepciones de lo que es un hombre y una mujer en la educación de nuestros hijos?


Roles de género
La primera socialización del niño se produce en el seno de la familia. Progresivamente van interviniendo otros agentes educativos o socializadores: como el colegio (profesores, amigos...), y los medios de comunicación (sobre todo la televisión).

Nos guste o no, es un hecho que, todavía hoy en día, se educa de manera diferente a niños y niñas en aspectos que no debieran establecer ninguna diferenciación: como por ejemplo en la expresión de los sentimientos. Y esta segregación comienza a producirse en la familia.

Todos atribuimos diferentes roles o expectativas de comportamiento a las personas en función de su sexo. De alguna manera esperamos que una persona se comporte “como hombre” o “como mujer”. Y culturalmente se ha aceptado que estas diferencias tienen una explicación natural o biológica.


Niños y niñas: diferentes, pero iguales
Indudablemente, las diferencias existen: anatómicas, biológicas, en ciertas capacidades cognitivas y conductuales. Y algunas intervenciones educativas deben adaptarse a estas características diferenciadoras.

Durante los primeros tres años de vida los niños se muestran más activos que las niñas, y reciben por ello más estimulación física. Hasta los 8 años la maduración neurológica de las niñas es más rápida que la de los niños. Las niñas adquieren mayor autonomía y con más rapidez. Por ejemplo, el control de esfínteres suele alcanzarse más tempranamente en las niñas que en los niños. En general, a los niños se les toleran más conductas agresivas y violentas que a las niñas.

Pero, ¿hasta dónde llegan las diferencias “naturales” y hasta dónde las intervenciones socioeducativas? ¿Los niños son más agresivos por naturaleza, o aprenden a serlo y a identificarse con su propio género a través de las conductas violentas? Aunque no encontremos una respuesta satisfactoria y concluyente para estas cuestiones, es interesante que nos las planteemos, y que gracias a ellas analicemos cómo estamos educando a nuestros hijos.


Niños y niñas: diferentes, ni mejores ni peores
Como hemos visto la identidad sexual y de género comienza a gestarse en la convivencia familiar cotidiana.
Es inevitable que tratemos de manera diferente a nuestros hijos en función de su sexo. Y del nuestro. En ocasiones es necesario.
No debe suponer ninguna discriminación el aceptar que niños y niñas son diferentes en algunos rasgos.
El problema aparece cuando concluimos que unos son mejores que otros en algunas tareas o actividades o, lo más frecuente, que las niñas son peores que los niños.
Pensemos cómo puede influir un pensamiento sexista o machista en la autoestima y personalidad de una niña.
Las diferencias de género son eminentemente culturales, pero la niña las percibirá de una manera “natural”, “biológica”: soy niña, soy mujer, no puedo hacer esto o lo otro.



¿Qué podemos hacer?
Ya sabemos que padres y madres tratan de manera diferente a sus hijos en función del sexo, muchas veces “inconscientemente”. El primer paso es bien “sencillo”: estudiemos –conscientemente- nuestros comportamientos sexistas y cambiémoslos, démosles la vuelta.

A las niñas se las acaricia y besa más que a los niños; con las niñas se realizan actividades más tranquilas, menos activas físicamente; a las niñas se las consuela más cuando lloran (porque “los niños no lloran”); a las niñas se las refuerza para mostrar sus sentimientos, para ser más “sensibles”.... ¿Y a los niños?


A partir de los 4 años, los niños comienzan a imitar las conductas de los adultos, de las personas que tienen a su alrededor. La imitación, el modelado, es uno de los principales medios de socialización y de formación de la identidad sexual
Los juguetes
Los juguetes representan uno de los mejores ejemplos de cómo la sociedad (y las familias) educan diferencialmente a los niños. A partir de los 4 años, los niños comienzan a imitar las conductas de los adultos, de las personas que tienen a su alrededor. La imitación, el modelado, es uno de los principales medios de socialización y de formación de la identidad sexual. Y el juego y los juguetes tienen un papel fundamental en estos procesos.

¿Vemos con buenos ojos que un niño juegue con muñecas?; ¿aceptamos que un niño juegue a las cocinitas?... pero luego es deseable que el niño intervenga en las tareas del hogar, y que cambie pañales cuando sea padre.

¿Está bien que las niñas jueguen con coches y camiones o no son juguetes “femeninos”?, ¿y con construcciones o una caja de herramientas?... pero luego es deseable que la niña pueda acceder a cualquier tipo de profesión, más o menos técnica, y que su forma de conducir no sea motivo de queja o de burla por parte de nadie.

Muchos juguetes son símbolos de los estereotipos sexistas que imperan en nuestra sociedad. Pero el significado de esos símbolos puede modificarse. Porque no importa tanto el objeto en sí mismo, sino el uso que hacemos de él. Lógicamente, un coche o un camión de juguete no tiene ningún componente moral en sí.


Pero no estamos solos
Como hemos dicho, la familia es el primer agente socializador, pero no el único, y desde luego, a partir de ciertas edades comparte su importancia con otros.

Es muy fácil plantear y mantener unos criterios educativos no sexistas en casa. Por ejemplo, permitir y facilitar que nuestro niño juegue con muñecas si así lo desea, y que nuestra hija practique un deporte como el fútbol o se interese por juegos de acción. Pero hemos de tener siempre presentes las “repercusiones sociales” de estas conductas, para afrontar las dificultades que pueden sobrevenir al niño fuera del ámbito familiar: por ejemplo en el colegio. ¿Cómo ven sus amigos que juegue con muñecas?, ¿qué mensajes le transmitirán?


Es necesario que un adulto les acompañe y pueda comentar con él lo que están viendo
La televisión
La televisión es otro medio de socialización muy importante. A través de la televisión el niño está expuesto a diferentes modelos y roles de género. Los niños pequeños no deben ver la televisión siempre solos. Es necesario que un adulto les acompañe y pueda comentar con él lo que están viendo: ¿qué papeles atribuye la publicidad a la mujer y al hombre?; ¿qué personajes desempeñan hombres y mujeres en películas y series de televisión?; ¿qué ofertas de ocio y juguetes se ofrecen a niños y niñas por separado?

Educación no sexista: educar para la igualdad
El modelo de persona, de hombre o mujer, que nuestro hijo será, depende en gran medida de cómo se haya construido su personalidad durante la infancia. Quizá, una de las claves resida en la diversidad: cualquier persona puede desempeñar cualquier actividad con independencia de su sexo. ¿Cómo se traduce este principio en casa?: no asociando determinadas tareas o roles a un sexo determinado. Papá y mamá hacen la colada, cocinan, practican deporte, trabajan, se visten y arreglan para salir de casa, juegan, ríen y lloran, se quieren, se abrazan y besan, en los cuentos hay príncipes y princesas, aunque no siempre tengan los mismos papeles...

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Terra Mujer / Luis Ramos. Psicopedagogo

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